Amamantando a un gran prematuro, una historia de superación

Ésta es la historia de la vida de mi tercera hija, una historia de un sueño que hace hoy, 20 de noviembre, un año parecía imposible pero que se ha hecho realidad, una historia de superación.
Quisiera que mi testimonio sirva para demostrar que ES POSIBLE y pueda ayudar a las personas que estén en mi misma situación a tener ánimo para luchar por lo que sueñan, a intentar alcanzarlo.
Tengo tres hijos. Amamanté a la mayor durante 9 meses. Habría querido continuar durante más tiempo pero al empezar a trabajar a los 6 meses no pude hacerlo. Por aquel entonces no conocía la Liga de la Leche.
Con el segundo hijo tuve varias dificultades durante la lactancia y buscando ayuda me encontré a través de internet con la Liga de la Leche. Fue clave para poder amamantarlo. Pasé dos mastitis, me reincorporé al trabajo y aun así pude continuar hasta los 2 años, momento en el que, estando embarazada de mi tercera hija, tuve fuertes pérdidas y amenaza de aborto y llegó el momento de dejarlo.

Desde entonces, semana 11 de gestación, pasé el resto del embarazo en reposo, con la vida de mi tercera hija colgando de un hilo.

Estando de 6 meses y después de varios ingresos y un embarazo de mucho riesgo se me desprendió la placenta y me tuvieron que hacer una cesárea de urgencia. Estaba de 29 semanas. En 10 minutos sacaron a la niña que corría riesgo de morir por falta de oxígeno. La llevaron a la incubadora y no pude verla hasta el día siguiente.
Fue vital el papel de mi marido, él estuvo al lado de la niña esas primeras horas y era el nexo de unión entre nosotras dos.
Las primeras noticias eran esperanzadoras: la niña estaba bien, había llorado al salir, luego “respiraba”. Pesaba un kilo y medio. En ese momento la prioridad era la vida de la niña. No me acordé de la importancia de ponerla al pecho cuanto antes, no habría podido hacerlo, para qué darle vueltas. Mi hija, cuya vida tanto había costado, estaba viva y yo tenía que recuperarme lo antes posible para ayudarla a seguir adelante en lo que pudiera.
En el Hospital me dijeron que había posibilidad de alimentarla con mi leche. Y que si quería darle pecho empezara a estimularme con sacaleches cada 3 horas. Conocía el sacaleches del momento de mi reincorporación al trabajo con mi segundo hijo, sabía que no era lo mismo que poner a la niña al pecho pero era la solución y estaba dispuesta a hacer lo que fuera para sacar la leche que hiciera falta. Enseguida me acordé de la monitora de la Liga que tantas veces me había ayudado a seguir con la lactancia con mi segundo hijo.
Saber que podría darle de mi leche fue un regalo, un balón de oxígeno en ese momento para mí. Iba a poder darle defensas, alimento…Leí que si la leche materna es el mejor alimento para los recién nacidos, lo es más para los prematuros para los que además de alimento es medicina. Encontré estudios en los que se decía que el número de días de hospitalización era significativamente menor en los prematuros que eran alimentados con leche materna. También era menor el número de complicaciones en estos últimos.
Así que ese fue mi objetivo: darle a mi hija mi leche. Pero, ¿cómo?
Llamé a la monitora de la Liga y enseguida me ayudó. Me recomendó un sacaleches eléctrico doble empezando siempre con una técnica de masaje para extracción.
Me dijo que los primeros 15 días tenía las hormonas a mi favor para conseguir producir una alta cantidad de leche y que era el momento de estimular cada 3 horas para producir más de medio litro al día y así asegurar ese nivel de producción para más adelante.
Siguiendo ese método enseguida fui aumentando la producción y en 15 días generaba más de medio litro y al mes el litro diario.
Empezaron a darle de mi leche (se la introducían directamente por sonda al estómago) y la toleraba de maravilla e iba engordando muy bien. Aquello me empujaba a seguir a pesar del cansancio de compaginar la extracción cada 3 horas, las visitas al hospital y mis otros dos hijos en casa.
En Neonatos me decían qué cantidad diaria necesitaban para alimentar a la pequeña y nosotros lo llevábamos una vez al día todo junto. El resto lo congelábamos en casa ya que, con mucha pena, nis dijeron que no había Banco de Leche y que no podían coger la leche sobrante para otros prematuros.
Mientras, la niña seguía ingresada en la incubadora con las complicaciones típicas de los prematuros (bradicardias, apneas, etc.).
Como iba muy bien le pasaron a la Unidad de Cuidados Medios y pronto empezaron a alimentarla con mi leche en biberón.
En todo momento una duda sobrevolaba mi cabeza: ¿podría algún día darle pecho? Cuantos más días pasaban, más dificultades veía. Cuanto más biberón, más difícil sería luego.
Mil veces le conté a la monitora mi miedo y siempre me decía lo mismo: Tranquila, en casa será distinto, todavía hay tiempo. Estás haciendo un gran esfuerzo y eso es un regalo que le va a durar toda su vida.

Iban pasando los días y yo seguía en mi rutina diaria: extrayendo cada 3 horas, subiendo a verla, a estar con los Pediatras y a llevar la leche.
El cansancio apretaba y el tiempo se estaba alargando. Tenía momentos de desánimo pero ahí estaba mi hija pequeña luchando como una campeona. Y nosotros con ella. La monitora me decía que se necesitaba mucha paciencia con estos chiquitines.
En todo esto el apoyo de mi marido ha sido imprescindible. Él coincidía conmigo en lo importante que era mi leche para la niña y hacía todo lo que estaba en su mano para ayudarme a seguir.
Un mes y medio después de nacer pude ponerla al pecho. Por entonces debía empezar a tener reflejo de succión pero la mayoría de las veces estaba dormida y no hacía ni ademán de coger el pecho. En cambio el biberón lo tomaba dormida aunque se atragantaba y me resultaba un momento muy desagradable. La monitora me decía que lo importante era que fuera conociendo el pecho y aprendiendo que había leche.

Otra vez momento de dudas, miedo a no poder, etc… pero siempre la esperanza en palabras de la monitora: “lo importante es producir mucha leche y que la niña sepa que el pecho tiene leche, en casa será distinto, ya lo verás”.

Iban pasando los días y en alguna ocasión llegó a tomar algo del pecho pero no sabía hacerlo bien. Lo importante era que iba ganando peso y cogiendo fuerza, acercándose el día de bajar a casa. Temía ese momento, iba a tener que seguir con el biberón, sacaleches para vaciar los pechos…No quería ni pensar en cómo iba a ser: estaba asustadísima.
Y llegó el día de bajar a casa. Tenía un sentimiento contradictorio. Por un lado estaba feliz de saber que mi hija estaba bien como para bajar, pero por otro sentía un miedo atroz sobre todo por cómo iba a ser la alimentación en casa.
Llamé a la monitora y en una hora estaba en mi casa dispuesta a ayudarme. Me dijo que era el momento de enseñar a la niña a succionar el pecho (porque ella sólo sabía succionar el biberón ). Para eso me explicó la técnica de la jeringuilla.
Tres días necesitó para aprender a succionar el pecho. Durante estos tres días la ponía primero al pecho para darle la oportunidad de poder succionar y luego completaba la toma con leche extraída que le dábamos en jeringuilla, metiéndole un dedo en la boca y dejando que saliera leche de la jeringa sólo cuando ella succionaba el dedo.
Fueron tres días duros en los que parecía que nunca iba a aprender. Pero empezó a succionar cada vez más al ponerle al pecho hasta el punto de que al ofrecerle jeringa tras la toma, ya no quería más leche: ¡se estaba saciando sólo con lo que tomaba directamente del pecho!
Fuimos al cuarto día a la revisión del Pediatra y había ganado peso y sólo con pecho. No nos lo creíamos: ¡Estaba mamando! Mi sueño se había hecho realidad. Era la mujer más feliz del mundo, disfrutando de tenerla en mis brazos, alimentándose y protegiéndose con mi leche, ¿qué más podía pedir?
Tantas luchas, tantas horas sin dormir, tanto esfuerzo: había merecido la pena.
Sé que aunque suene extraño, echando la vista atrás no cambiaría nada de lo que hemos vivido este año. Ha sido un año duro, con momentos difíciles en los que no veíamos la luz, momentos de miedo, incertidumbre, etc… pero un año en el que hemos aprendido que merece la pena luchar por los sueños. Que la vida vale mucho, que cada vida es un milagro y que merece darlo todo por intentar sacarla adelante. Que hay personas que hacen todo desinteresadamente por ayudar a los demás a vivir y salir adelante. Que en los momentos duros la familia y los amigos están “ahí” dándolo todo y más y que eso es lo que realmente merece la pena.
Quisiera agradecer a mi marido y mis hijos por la “paciencia” durante todo el reposo, ingresos, subidas y bajadas del Hospital, horas con el sacaleches, etc…A nuestras familias y a Miren por todo el apoyo físico y moral, por suplir mi ausencia e incapacidad. A los amigos de cerca y de “lejos” por el apoyo total y continuo, por estar “ahí” siempre.
A esa gran Monitora que conocí hace ahora tres años y que sin ella y la Liga de la Leche mi pequeñita hoy no estaría mamando.
Y por supuesto al equipo de Neonatología del Hospital Donostia por su trabajo en el cuidado de tantos niños que les deben la vida y por el cariño con el que los atienden a ellos y a nosotros los padres en esos momentos difíciles.
Gracias de todo corazón a todos.
Quisiera terminar animando a todas las madres, padres y familias que estáis pasando dificultades a seguir ahí, vale la pena todo por ellos.
Yo sólo os puedo decir que merece la pena intentarlo, darlo todo, luchar por vuestro sueño. Buscad ayuda de confianza porque…ES POSIBLE Y SI NOSOTROS HEMOS PODIDO, TÚ-VOSOTROS TAMBIÉN PODÉIS: ¡INTENTADLO!